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Casualidad, causa y efecto

Hacia un calor de mil demonios, el verano estaba haciendo estragos este año. 
Habíamos parado en un área de servicio de la carretera de La Coruña, mi padre echaba gasolina mientras nosotros aprovechábamos para ir al baño y comprar algo de beber, si el viaje estaba siendo algo «extraño» y «difícil» se hizo más cuesta arriba cuando mi padre quiso poner el aire acondicionado y no funcionaba, se había quedado sin gas, algo que mi madre ya se lo había dicho más de una vez que debería cargarlo, pero como siempre mi padre le decía «ya lo haré» que eso significaba «no lo haré nunca».
Ellos seguían con sus «y tú más» iba a ponerme los auriculares para no escucharlos cuando mire a mi avó que estaba sentando a mi lado. 
Yo me llamaba como mi padre Anxo que él a su vez se llamaba Anxo como el suyo. Había dos generaciones de Anxo en el coche.
Estaba callado mirando por la ventana el paisaje que dejábamos atrás.
Lo llevábamos a la ciudad, mi padre había decidido que mi abuelo no podía estar solo, después de la muerte de mi avoa Xoana.
En ese día caluroso de agosto avó nos dijo que  él hizo el mismo viaje años atrás con su padre que también se llamaba Anxo.
Esto parecía que era otra tradición más de mi familia.
Llegamos a la residencia de anciano, era inmensa, pero ni de lejos eso parecía un hogar.
Al entrar mis ojos no dejaban de mirar de un lado a otro. El olor … el olor era como estar en un hospital, exacto parecía un hospital y no un hogar.
Las personas mayores la mayoría tenían la mirada perdida, sentados en el salón inmenso sin hablarse ni siquiera entre ellos, había algunos paseando. Otros tenían mas suerte estaban con la familia, sentados conversando. 
Empecé a tener retortijones y náuseas a la vez. Si esto iba a ser otra tradición, yo iba acabar con ella. Solo de pensar verme allí cuando fuese mayor, solo, lejos de mi hogar, de mi familia. Empecé a llorar, hacia años que no lloraba, le di un tirón al brazo de mi padre, no iba a permitir que dejase ahí a mi abuelo, el miedo se apoderó de mi. Yo no quería que el karma ese que dice «cada uno recoge lo que siembras» me castigará por dejarlo ahí. 
Mi avó se vino y se quedó con nosotros.
Unos años más tarde la única tradición que decidí cumplir fue llamar a mi hijo recién nacido Anxo como su abuelo y a su vez como su bisabuelo que acaba de cumplir 97 años. 

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