La ciudad estaba tan iluminada que podría competir con la luz de una supernova. Una iluminación tan exagerada que, si la veían desde la Estación Espacial, seguro pensaban que Madrid estaba intentando comunicarse con vida extraterrestre.
Estas Navidades, como todas las demás, nada podía estropearlas.
O eso creían… porque el Grinch estaba de visita este año, el fondo buitre había decidido comprar el edificio.
Ese piso que crujía por las noches como si un fantasma con artrosis viviera allí, con esos ventanales que en invierno era mejor no abrir porque luego no sabías si iban a cerrar o si se quedarían abiertos para siempre, como la boca de un pez muerto. Y ese único y maldito baño que cuando venían Álvaro, Lucas y Carlos, aquello se convertía en un escape room: o resolvías rápido tu turno, o te quedabas atrapada en la cola como quien se queda en la M-30 en hora punta.
El piso no era gran cosa, pero había sido su hogar. Pero habían olvidado un ligero detalle, era propiedad de otro. De un “otro” que ahora lo vendía y las echaba a la calle.
Pero no era momento para tragedias. Las tragedias eran del año que viene.
Así que Laura, Marta y Vicky iban por las calles de Madrid como alma que lleva el diablo, compitiendo por quién llevaba más bolsas.
Porque sí, todas sabían que, si llevas una o dos bolsas… estás más tiesa que la mojama. Así que hay que llevar muchas.
Y los novios, esos seres que a veces parecían un complemento, bonito, combinable con el outfit, a veces caro y siempre, siempre problemático. Caminaban detrás, arrastrando las bolsas y sus propias ganas de llorar.
—¿Cuándo nos sentamos? —preguntó Álvaro, con la desesperación de un niño en un supermercado.
—¡Ya no podemos más! —añadió Lucas con un tono tan dramático que habría ganado un Goya.
—Qué tiquismiquis sois —respondió Marta sin mirarlos siquiera.
—Os viene bien hacer brazos —remató Vicky, como si llevar siete bolsas fuese entrenamiento personal y no explotación emocional.
Se sentaron en una terraza, lo cual no significaba que hubiesen terminado. Era solo un break, un respiro, una pausa para reorganizar la estrategia de ataque.
—Las botas son monísimas —dijo Laura, moviendo el pie como si fuera modelo de catálogo.
—¿Al final cuánto te costaron? —preguntó Vicky.
—Creo que tenían el 30%… ah no, el 15%… bueno, no tenían descuento pero da lo mismo —respondió entre risas—. ¡No se podían quedar ahí!
Las tres se rieron como si hubiesen contado el chiste del año.
—Yo me he comprado al final el perfume —dijo Marta con un gesto triunfal.
—Dios, huele de muerte —dijo Vicky.
—Muerta te vas a quedar cuando te diga cuánto me costó —remató Marta, y las tres explotaron en unas carcajadas tan exageradas como la Navidad misma.
Las tarjetas ya no echaban humo porque no les quedaba ni eso.
Habían gastado tanto que estaban en estado vegetal.
—Si mañana no me llega un SMS del banco… es que ya me han bloqueado la tarjeta.
—Pues si te la bloquean, mejor —respondió Laura—, así ahorras sin querer.
—Eso no es ahorrar, cariño, eso es ser pobre —le soltó Vicky, y las tres se rieron como si se les fuera la vida en ello.
Y así, entre bromas y un consumo irresponsable digno de estudio, llegó la noche de Nochevieja.
Habían decorado el salón con luces que parecían compradas en 2003, el árbol torcido, las bolas descoordinadas y una estrella en la punta sujeta con celo. Un auténtico homenaje a su piso, viejo, parcheado, pero suyo, de momento.
Los chicos preparaban las uvas mientras discutían si la campanada número tres era la que sonaba doble o si era la siete. Como siempre, nadie sabía nada y todos opinaban.
Faltaban veinte minutos para las doce cuando sonó el móvil de Laura.
Número desconocido.
Ella tragó saliva.
—¿Será el casero otra vez?
—No lo cojas —dijo Marta—, es Nochevieja, que espere.
—¿Y si es importante? —preguntó Vicky.
—Importante, importante no va a ser —dijo Carlos desde la cocina—; que a estas horas solo te llama tu ex, tu madre o Vodafone.
Laura respiró y contestó.
La voz al otro lado sonó seria, demasiado seria para el 31 de diciembre. Era un recordatorio de que el 1 de enero entraba en vigor el desahucio y de que tenían que abandonar el piso cuanto antes.
Como si ellas no tuvieran ya suficiente ansiedad por el vestido, las uvas, el maquillaje, el novio llorando en la cocina porque había perdido una uva…
Laura colgó, se quedó quieta unos segundos… y de pronto soltó una carcajada.
Una carcajada tan fuerte que todos se giraron.
—¿Qué pasa? —preguntó Marta.
—Que dicen que mañana tenemos que dejar el piso. Ma-ña-na. ¡El día 1!
—¿Qué somos? ¿Las uvas? ¿Caducamos hoy? —soltó Vicky.
—Tú imagínate el cuadro —dijo Marta—: nosotras arrastrando maletas con resaca.
—Bueno —añadió Lucas—, peor sería arrastrarnos a nosotros mismos.
Y en vez de hundirse, gritar, llorar o entrar en modo tragedia griega…
Se miraron todas.
Y las tres, a la vez, empezaron a reírse como si hubiesen bebido champán del caro.
Porque sí, la vida era un desastre.
Sí, iban a tener que dejar el piso.
Sí, habían gastado dinero que no tenían.
Sí, la tarjeta estaba muerta, las botas no tenían descuento, el perfume costaba un riñón y el futuro era incierto.
Pero ahí estaban, juntas, rodeadas de gente que las quería, con uvas baratas en la mano y un piso que se caía a trozos pero que les había dado media vida.
—Chicas —dijo Marta levantando la copa.
—Una para todas… —añadió Vicky.
—Y todas para una —terminó Laura—. Mientras sigamos juntas, todo irá bien.
—Y si no —dijo Carlos—, siempre podemos vivir todos en un estudio de 20 metros.
—¡Cállate! —respondió Marta lanzándole una uva.
—¡Mi uva! —gritó Lucas, desconsolado.
Y el futuro, aunque incierto, tenía una ventaja: ellas eran expertas en pegar cosas con celo.
Feliz año y suerte en el concurso. He accedido a tu relato con el enlace que pusiste en Zenda.
ResponderEliminarAntes, se podían leer todos los relatos, lo cual era bueno —a mí me gustaba leerlos— pero luego lo pusieron por formulario.
Saludos y, lo dicho, suerte.
Gracias, si es algo que deberían poner otra vez. Estaba chulo poder leer y también aprender !!
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